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El Gobierno de Bulgaria espera terminar su propia valla de contención de la pobreza a lo largo de este mes de junio. Siguiendo el ejemplo precedente de griegos y españoles, los búlgaros están levantando una alambrada a lo largo de 30 de los 274 kilómetros de las fronteras que comparten con Turquía. Paradójicamente, Bulgaria es uno de los países más estigmatizados de Europa y un exportador neto de mano de obra.

Madrid | Mario Valls | Foto: Diásporas
A mediados de marzo, un diario turco informaba de que las autoridades búlgaras habían comenzado a levantar los primeros tramos de alambrada, en cumplimiento de la decisión adoptada por los social-demócratas búlgaros algunos meses antes. Ochenta y siete militares comenzaron a extender la valla, a lo largo de una superficie previamente despejada por maquinaria del Ejército.

Según el ministro de Defensa de Bulgaria, los trabajos se demoraron algún tiempo debido a ciertos errores en el cálculo del presupuesto, pero está previsto que terminen de acuerdo al cronograma inicial. Si no se producen nuevos contratiempos, las vallas se concluirán a principios del verano.

Aunque apenas cubren una décima parte de la extensión de la frontera con Turquía, el Gobierno cree que van a ser de gran utilidad para contener el flujo de emigrantes, dado que se han levantado en el tramo más boscoso y conflictivo de este paso. Según las autoridades búlgaras, “se eligió ese lugar porque se había convertido en un coladero. Está lleno de arbolado y las patrullas fronterizas tienen mucha menos visibilidad que en otras zonas de la frontera que custodian”.

En 2009, también Grecia completó la construcción de otros diez kilómetros y medio de vallado, de cuatro metros de altura, en el tramo más conflictivo de sus fronteras con Turquía. En palabras el Gobierno griego, la medida fue eficaz y redujo el tránsito de migrantes hasta un 95 por ciento. Bien es verdad que se multiplicó el número de quienes intentaban llegar a Europa por la vía marítima, a través de las islas del Egeo.

Tanto Bulgaria como Grecia han decidido reforzar sus fronteras con alambradas como consecuencia del incremento del número de desplazados que ha provocado el conflicto sirio. En opinión de las organizaciones de derechos humanos, son soluciones coyunturales que ponen en riesgo la vida de las personas porque obligan a los migrantes a tratar de alcanzar Europa por vías más peligrosas. De acuerdo a los datos de Frontex, cerca de 4.000 personas han llegado irregularmente hasta Europa siguiendo este camino en lo que va de año.

Se da la paradójica circunstancia de que a finales de 2013, el presidente de Bulgaria, Rosen Pleveneliev, criticó duramente las medidas adoptadas por el Reino Unido para restringir los beneficios sociales de los emigrantes de la eurozona y en particular, de los búlgaros. Las restricciones en la libertad de movimiento que pesaban sobre búlgaros y rumanos hasta el 31 de diciembre estaban a punto de levantarse y los líderes ultranacionalistas y conservadores de toda la Unión alertaban por doquier de los peligros de una invasión de europeos del Este. Los búlgaros andaban y andan en boca de euroracistas y conservadores y a Pleveniev le parecía un verdadero despropósito que los líderes de varias potencias europeas demonizaran de ese modo a los trabajadores de su país.

La invasión no ha llegado a producirse. De hecho, el número de emigrantes búlgaros que entró en el Reino Unido durante el primer trimestre de este año descendió en relación al trimestre precedente. Pese a ello, búlgaros y rumanos han seguido siendo utilizados de forma recurrente por los euroracistas para sembrar el pánico entre el electorado europeo más castigado por la crisis. De manera sistemática, se les ha descrito como hordas invasoras; se les ha culpado del desempleo y se les ha estigmatizado, atribuyéndoles una perversa voluntad de viajar hasta Occidente para saquear a los honrados alemanes, suecos, daneses o británicos.


© Diásporas 2014

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