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Sucedió anteayer martes, 5 de agosto, durante una entrevista en directo realizada en el canal de televisión turco NTV, cuando el primer ministro del país, Recep Tayyip Erdogan, intentó ganarse el favor de su electorado en vísperas de las presidenciales con una “perla” racista que ha dado la vuelta al mundo: “Me han llamado georgiano. Perdón por decir esto. Me han dicho incluso cosas más feas: “¡Me han llamado armenio! Y hasta dónde yo sé por boca de mi padre y de mi abuelo, ¡yo soy turco!”.

Cartel electoral del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdoğan, en la ciudad de Gaziantep. Fotografía por Ekim Caglar (Wikimedia Commons - CC BY-SA 3.0).

Madrid | Ferran Barber | Diásporas / Público
El exabrupto xenófobo no sólo ha provocado la ira de los pueblos armenio y asirio, víctimas de un genocidio que el Gobierno turco sigue obstinado en negar pese a que se cobró más de un millón de víctimas y obligó a cientos de miles de supervivientes a abandonar los territorios del otrora imperio otomano en busca de refugio. El despropósito político ha inflamado las redes sociales turcas y ha provocado el enfado de otros líderes políticos musulmanes.

De hecho, la salida de tono no ha pillado desprevenido a nadie dado que Erdogan ha tomado por costumbre esta campaña atizar el odio religioso y alimentar las rivalidades étnicas y el sectarismo para obtener ventaja entre los sectores más nacionalistas de la sociedad turca. Incluso algunos miembros del ala derecha del Partido del Movimiento Nacionalista han roto una lanza por los armenios y han reprochado al primer ministro –claro candidato a hacerse con la presidencia- que utilice el desprecio como arma política. “Ser armenio no es un pecado, ni es algo feo o vergonzoso y menos todavía, un crimen”, ha señalado uno de sus líderes.

Lo cierto es que Erdogan obtiene el grueso de sus apoyos electorales entre los musulmanes sunníes turcos, que son con diferencia el grupo más numeroso de ese país. Por si alguien tenía dudas acerca de su sectarismo, el primer ministro turco ha dedicado buena parte de su campaña a descalificar al resto de los líderes políticos con epítetos de carácter excluyente. Así, por ejemplo, se ha referido en varias ocasiones a su rival Ekmeleddin Ihsanoglu como “el egipcio”, dado que el antiguo presidente de la Organización para la Cooperación Islámica nació en ese país.

El pasado fin de semana instó también a otro de sus contendientes - Kemal Kilicdaroglu- a aclarar si pertenece a la minoría alauí, derivada del Islam chií. “Kilicdaroglu, puedes ser aleví y yo lo respeto”, le espetó Erdogan durante un mitin. “No tengas miedo de decirlo. Yo soy sunní y lo digo sin miedo. No hay necesidad de engañar a la gente”.

Por último, Erdogan se ha referido a Selahattin Demirtas –otro de los candidatos en liza- como un “zaza”, un grupo étnico iranio del sureste de Anatolia cuyos miembros se tienen frecuentemente por kurdos.

“Sí, en efecto, Kilicdaroglu es aleví; Demirtas es un “zaza”, Ihsanoglu es egipcio y tú eres un ladrón”, decía de Erdogan el pasado domingo el periódico izquierdista BirGun, en clara referencia a las acusaciones de corrupción a las que Erdogan está haciendo frente.

Desprecio a las minorías
La minoría cristiana armenio-asiria apenas asciende hoy en Turquía a algo más de 75.000 personas. El grueso de los armenios abandonaron sus territorios tradicionales en torno al lago Van y se concentran hoy en los aledaños de Estanbul, mientras que los asirios conservan varias comunidades vivas en el sureste del país, en una zona situada en las proximidades de Mardin conocida como Tur Abdin o Montes de los Siervos de Dios. Tanto unos como otros vienen luchando durante las últimas décadas para que se les reconozcan sus derechos culturales y políticos y para que se reforme la legislación turca y se les permita vivir en igualdad de condiciones con el resto de sus compatriotas. Sobre el papel, el Gobierno de Turquía es el más secularizado del mundo islámico y uno de los pocos que no tiene en la Sharia su principal fuente de inspiración jurídica.



Víctimas del genocidio armenio, fotografíadas durante la Primera Guerra Mundial por un diplomático occidental / Henry de Morgenthau.

Armenios y asirios cifran en cerca de dos millones el número de víctimas del genocidio apadrinado durante la Primera Guerra Mundial por los otomanos con la ayuda de los kurdos. El Gobierno sigue manteniendo oficialmente que fueron tan sólo medio millón los muertos y atribuye los fallecimientos a los desastres propios de una guerra. La negación del holocausto y el trato que el Gobierno turco dispensa a sus minorías étnicas y religiosas siguen comprometiendo gravemente la imagen internacional del Gobierno de Ankara y dañando la convivencia entre los turcos étnicos y sus vecinos. 

Esta misma semana, el cineasta turco-alemán Fatih Akin denunciaba haber sido víctima de amenazas de muerte por parte de un grupo ultranacionalista. El nuevo trabajo de Akin (galardonado con un Oso de Oro por su película Contra la Pared). se adentra sin complejos en la historia del genocidio, sirviéndose de la figura ficticia de uno de sus supervivientes. El protagonista –interpretado por el francés de origen argelino Tahar Rahim- abandona su ciudad natal (Mardin) en 1915 para emprender un largo viaje que le llevará hasta los Estados Unidos en busca de sus dos hijas.

Los ultranacionalistas turcos han amenazado a Akin con impedirle estrenar su película en Turquía, a través de un comunicado hecho público en la web de la revista Ötüken. “No vamos a permitir que presionen a Turquía para que acepte la mentira del genocidio”, aseguraban en Internet.


© Diásporas / Público 2014

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