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Dejó escrito alguna vez que “el intelectual o es soldado o no lo es”. Y sin el menor atisbo de duda, él lo cumple a pies juntillas, tan miliciano de sus convicciones. Hasta esos apellidos suyos de polígrafo renacentista catalán le insinuaban un destino: Marçal Font i Espí (Badalona, 1980). Ahora, Batania dice que la poesía ha vuelto y puestos a buscar culpables, nos vienen casi de inmediato a la cabeza los “slammers”. Estos nuevos poetas-trovadores han convertido la lírica en una excusa para el combate cuerpo a cuerpo. Font i Espí lleva ya catorce años “boxeando” sus poemas por el mundo. De la primera de sus obras –“Frutos del desguace”, 2013, Editorial Yalodijo Casimiro Parker- van ya dos ediciones. El mes que viene se publica una nueva versión en catalán del libro-CD.














Imagen superior. Marçal Font i Espí, en la localidad catalana de Sitges. Fotografía por Ferran Barber (todos los derechos reservados). Vídeo inferior, grabación realizada en el sur de Francia.

Barcelona  Ferran Barber | Diásporas / Público 
El “poetry slam” es un género de literatura oral que mezcla la poesía y la interpretación en un formato de competición en el que los "slammers" o “poetas-concursantes” intentan ganarse al público con su texto, su voz y sus habilidades escénicas durante actuaciones de hasta tres minutos. El público interviene como jurado y en cada "concurso", hay un ganador por elección popular. Se trata de un género de espectáculo que cuenta con ligas estatales e internacionales tanto en Estados Unidos como en Europa. 

En España, ya son cerca de veinte las ciudades adheridas al campeonato nacional de Poetry Slam (Madrid, Barcelona, Bilbao, Palma de Mallorca, Jaén, Granada, Gerona, etc.). Los primeros “slam” de nuestro país se celebraron en 2001, en el Margarita Blue de Barcelona. A partir de 2010, esa misma ciudad comenzó a albergar una liga regular. Font i Espí ganó las ediciones de 2010-11 y 2011-12. Se alzó también con el título de campeón de España en 2011 y fue semifinalista de la Coup du Monde de Paris, en 2012.

Diásporas. ¿Por qué ustedes los poetas son tan rojos?
Marçal Font i Espí. Los poetas no son mayoritariamente rojos, sino mayoritariamente humanistas y ecologistas. La poesía cada vez huye más del “compromiso político”. Como dijo un gran antropólogo, la mejor manera de vencer la tiranía es no dejar que la tiranía nos dicte sobre qué debemos escribir. Tengo amigos afroamericanos que están hartos de que les pregunten por qué no escriben poesía afroamericana y amigos garífunas que están hartos de que les pregunten por qué no escriben poesía garífuna. A mí me preguntan por qué no escribo poesía catalana.

Diásporas. A usted le arrojaron monedas las juventudes de ERC...
Marçal Font i Espí. No fueron los de ERC, sino los de las CUP-Badalona. Y el caso es que el 50 por ciento de mi repertorio es en catalán. No fue por un tema de lengua, sino por no querer saludarles como a los camisas negras cuando vinieron al humilde negocio de libros de segunda mano donde trabajo para ganar apenas mil euros mensuales. No quise secundar una huelga y al final, con la ayuda de los Mossos, consiguieron encerrarme en la tienda. El padre de uno de los líderes de las CUP de aquel entonces tiene un empresa importante en la misma Badalona que aquel día estaba abierta. Pero a él no le mandaron un piquete. Todavía se la tengo guardada.

Diásporas. ¿Y a qué le haría usted una oda si fuera pequeño, calvo, sentimental y de derechas?
Marçal Font i Espí. Seguro, seguro, escribiría más sobre santos mártires. Recrearía hagiografía medieval en verso moderno y esas cosas. Bajo seudónimo, como todas las gentes de doble moral, escribiría pornografía.

Diásporas. ¿Sabe? Estaba ahora intentando gestionar una entrevista con uno de los “popes” de la, digamos, poesía "underground bukowskiana" española, y me ha dicho que prefería no verse incluido en un reportaje donde aparecía la gente de los "slams" y las "jam-sesion". Textualmente, me ha dicho que “no se veía ahí”. Y luego están los “clásicos”, que por lo común no les toman muy en serio a ustedes, los poetas de los “concursos”. Dicen que los “slammer” son a la poesía lo que el circo a las artes escénicas.
Marçal Font i Espí. Esto es lo que yo llamo prejuicio aristotélico. Tiene su origen en el Libro tercero de la Retórica de Aristóteles, donde él mismo se hacía un lío, probablemente por su animadversión por Gorgias. Es una estupidez supina que no merece ni ser rebatida. Cualquiera que sepa un poco de historia de la poesía, más allá de Paul Celan, sabe de qué hablo. El prejuicio aristotélico ha sido alentado por gente tan importante como Giambattista Vico o Dámaso Alonso. Lorca le dijo en su momento a Alonso que se olvidara de tanto Polifemo y le diera más a lo vivo. Esos pseudo-críticos son a la poesía lo que un malabarista punk amateur al Cirque du Soleil. En resumen, ridículo.

Diásporas. Esto de los Poetry Slam es poesía para boxear, ¿no es cierto? Lo importante no es participar. Se les nota en la saña con la que combaten.
Marçal Font i Espí. Es competición. Lo importante es ganar. Pero se gana de muchas maneras. Quede claro que no hay dinero para quien triunfa. Lo que se gana es satisfacción. Se gana con el adrenalinazo y con el aprendizaje que se obtiene al ver a los demás; al nivelarse con el público y con los otros poetas. Y se gana también con la amistad. Fuera del escenario, hay mucho “fair play” y mucho amor entre los participantes. Sobre el escenario vamos a por todas.

Diásporas. No hay un mal poema que no pueda enmascarar una voz rotunda y cierto carisma escénico.
Marçal Font i Espí. Sí que lo hay. Los hay tan malos que no podría enmascararlos ni la mismísima Gabriela Ortega. Cuando uno tiene cierto rodaje como oyente de poesía declamada no le basta con una buena voz y un buen ritmo. Quiere verso también.

Diásporas. ¿Y existe todavía algún lector u oyente de poesía que no sea, como poco, aprendiz de poeta?
Marçal Font i Espí. Esa pregunta hubiera sido perfecta en los setenta, los ochenta y los noventa. Ahora la mayor parte del público ni escribe ni quiere hacerlo. Estamos hablando de públicos de entre cien y quinientas personas, no de los cuatro a diez gatos que se dejaban caer antes por los locales para chuparse la polla mutuamente. Recuerdo esos ambientes de cuando empecé a recitar con cierto trauma.

Diásporas. Corren buenos tiempos para resucitar a Bretch. Con tanta recesión y tanta precariedad no es de extrañar que esté de vuelta la poesía social.
Marçal Font i Espí. No es cierto que haya vuelto. En realidad, aquello que llamábamos “poesía social” comprometida se ha ido. Por eso la sociedad ha vuelto a la poesía.

Diásporas. Los que tampoco han regresado son los concursos de poetas. Siempre estuvieron ahí, bajo uno u otro formato. Estoy pensando en los bertsolaris, por ejemplo.
Marçal Font i Espí. Bertsolaris, repentistas, el trovo murciano, glossadors, la regueifa gallega… son todo manifestaciones del mismo fenómeno. Me han dicho que se da hasta en Paquistán. Pero no sería este el referente más directo. Píndaro o Hesíodo ya competían. Las Justas Poéticas y las Academias (no tiene nada que ver el concepto con el actual) del siglo XVII eran también muy similares. En la corte de Poitiers de la segunda mitad del s. XII se celebraban también competiciones poéticas orales sobre temas dados y formas métricas muy rígidas y complicadas. Lo anómalo, repito, es la poesía en silencio y no lo contrario.

Diásporas. Yo lo que creo es que los poetas de los "slams" ganan en sex appeal. Se diría que la verdadera vocación de muchos de ustedes es la de cantante punk o estrella del rock and roll.
Marçal Font i Espí. No, no, no. Estrella del rock, no. Yo quería ser cantante lírico. De hecho lo estudié mucho tiempo y me sigue gustando cantar. Mi sueño era cantar arias de bajo como Handel Messiah: The trumpet shall sound... Los chillidos y los gritos de los roqueros no son nada al lado de un Dies irae.


En los cuadriláteros de la poesía



En la imagen superior, el poeta Dani Orviz, durante un recital de "spoken word" o "palabra hablada", en Barcelona. Fotografía por Ferran Barber (todos los derechos reservados).

En 1985, un albañil norteamericano llamado Marc Smith decidió subirse al escenario de un club de jazz de Chicago conocido como Get me high lounge para dar a conocer su producción poética en directo y a micrófono abierto. Smith buscaba un nuevo modo de abrirle camino a la poesía en la tecnológicamente estresada sociedad de finales del siglo XX y de alguna forma, lo logró. Aquellos primeros recitales derivaron con el tiempo en torneos de poetas, reglados de acuerdo a una normativa semejante a la de los combates de boxeo. A diferencia de las peleas de gallo del hip hop o de alguno de sus antecedentes (los bertsolaris, por ejemplo), los poetas subían al escenario, uno a uno, y durante un tiempo máximo de tres minutos, recitaban su poema. La eliminatoria se dirimía con arreglo a las votaciones del público de la sala, árbitro máximo de la calidad de los contendientes poéticos. Acababan de nacer los “Poetry Slams” o torneos líricos.

En pocos años, estos campeonatos se extendieron a Europa. Ciudad a ciudad, comenzaron a reconquistar la calle para la lírica, y a devolverle a la poesía un lugar entre la gente, preferentemente entre la juventud. Los torneos se bautizan, sistemáticamente, con el nombre de la ciudad añadido al del Poetry Slam correspondiente. El alcance y la penetración de este fenómeno ha sido tan notable, que algunas compañías publicitarias comenzaron a servirse de poetas para promocionar productos como la cerveza Guiness o los automóviles Opel.

El primero de estos torneos españoles y el más prestigioso fue el Poetry Slam de Barcelona, que es justamente en el que se forjó Marçal Font i Espí. A los “slam” de Barcelona y Mallorca le siguieron, entre otros, los de Madrid o Jaén. En los “slams”, la poesía es un elemento más (bien es verdad que el principal), reforzado por la capacidad interpretativa y el énfasis que confiere a su trabajo el propio poeta.
© Diásporas / Público 2014

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